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miércoles, 27 de junio de 2012

Capítulo 1

Adiós.

–¿Adiós?

–¡Eso mismo dije yo! ¡¿Adiós?!

–¿Te dijo adiós?

–¡Me dijo adiós!

–Eso ha sido un golpe bajo.

Las dos permanecimos en silencio tras las últimas palabras de Brenda, una frente a la otra, hasta que respiré hondo, intentando contener las lágrimas mientras ella me cogía la mano con dulzura. Hablé por fin cuando estuve segura de que no rompería a llorar.

–No lo entiendo. Ha sido tan repentino que... Hace una semana todo estaba bien. ¿Qué ha podido pasar en tan poco tiempo? Nunca antes se había despedido de esa forma... Diciendo adiós. Era un trato, Brenda. Un trato que hemos cumplido desde que lo acordamos, el día en que nos conocimos. Y él lo ha roto. Él fue quien dijo que adiós es una palabra triste. Él, Brenda, él fue quien decidió que en vez de adiós nos despidiéramos diciendo...

Suerte – me interrumpió ella, terminando por mí –. Sé lo importante que era ese pacto para vosotros.

–Parece que a él ya no le importa. No le importa nada. Ni siquiera le importo yo, después de todo.

–Alma...

–No pienso llorar, ¿sabes?

Brenda me sonrió con tristeza. Me conocía, y sabía que yo solo renegaba del llanto aquellas veces que más dolor sentía. Y esa era una de esas veces.

–No se lo merece.

No se lo merecía.

–Voy a olvidarme de él. Tenemos que salir hoy, divertirnos. Tengo que demostrarme que todo esto ha sido lo mejor que podía pasarme.

–Saldremos, y conocerás a otro chico – añadió Brenda, entusiasmada. Esas palabras me asustaron, porque me di cuenta de que tramaba algo, pero antes de que pudiera decir nada, continuó –: No sé si te he hablado alguna vez de David, el compañero de piso de Leo. ¡Qué tonta! Si lo conocí el otro día.

Leo era el novio de Brenda desde hacía un año y algunos meses. Ella lo adoraba, y yo también, porque el chico era un verdadero encanto. Mi amiga era afortunada.

–Brenda, la verdad es que no me apetece ahora mismo conocer a otros chicos – dije yo, intentando ganarme su comprensión.

–Pero David no es un chico cualquiera. De verdad, es muy simpático. Y además guapísimo. Sois perfectos el uno para el otro. ¡Leo me lo ha dicho miles de veces!

–Pero si lo conociste el otro día.

–Pues imagínate, miles de veces desde entonces. No te dijimos nada porque estabas con Pablo, pero...

–Gracias, Brenda, de verdad – sonreí –, pero no necesito a otro chico para superar esto – y era cierto, nunca me había gustado eso de “un clavo saca a otro clavo”. ¿No es utilizar a alguien para olvidar a otra persona, posiblemente jugar con sus sentimientos?

–Ya, ya sé que no lo necesitas. Es solo que...

–Brenda, en serio.

–Está bien, está bien. De acuerdo – accedió no muy convencida –. Nada de chicos esta noche. Solo nosotras dos.

–Gracias.

Me sentía afortunada por tener una amiga como Brenda. Nos abrazamos con fuerza y me prometí que nunca permitiría que nada estropeara nuestra amistad.



–¡Aquí termina nuestra amistad! – grité furiosa, encerrada con Brenda en el baño del Iris, nuestro bar favorito desde hacía varios años.

Me crucé de brazos.

–Vamos, no te pongas así. Si te va a encantar. Reconoce que es guapo.

Lo era.

–¿Y qué? Ya habíamos acordado que nada de chicos esta noche.

–Me lo agradecerás. Y ahora volvamos a la mesa, David te está esperando – canturreó mientras movía las cejas arriba y abajo, dirigiéndose a la puerta.

Suspiré, frenándola, y luego cubrí mi rostro con las manos. ¿Qué iba a hacer ahora? Sabía que Brenda había montado todo aquello guiada por sus buenas intenciones, y porque estaba preocupada por mí. ¿Pero por qué le costaba tanto comprender que aún era demasiado pronto? Necesitaba un tiempo sin pensar en chicos.

–¿Él sabe que está aquí por mí?

–Claro que no. Si no no sería un encuentro casual.

–Es que no es un encuentro casual. Es una trampa. ¡Una trampa!

–Bueno, como dice Shakira, lo hecho está hecho. No vamos a pasarnos aquí la noche, digo yo.

–Eres...

–Increíble, la mejor amiga que puedas tener. Lo sé, cariño. Y ahora volvamos a la mesa antes de que piensen que nos hemos fugado, por favor.

La fulminé con la mirada. Quería olvidar a Pablo, sacarlo de mi cabeza, de mi corazón, ¡de mi vida! Pero estaba segura de que el plan de Brenda no daría resultado. La herida era todavía reciente, tanto, que me resultaba imposible imaginar cómo sería ofrecer mi amor a otra persona.

Me miré en el espejo y vi unos ojos cansados, sin luz. Percibía el miedo y el dolor en esa mirada que ahora no me parecía mía. Me había prometido no llorar, no dejarme arrastrar por la impotencia, seguir adelante. A pesar de la sombra que dejaba al verde de mis ojos sin vida, aquella noche mi reflejo no estaba del todo mal, dentro de mis posibilidades. Me gustaba aquel vestido, y Brenda me había dejado el pelo precioso. Me caía en ondas sobre los hombros, con un castaño brillante, vivo. Vi que el sol y el cloro habían clareado mis puntas, y el ir a la piscina varias veces a la semana había dado sus frutos: mi piel lucía morena en contraste con el vestido que llevaba, de tirantes finos y colores alegres.

A través del espejo vi a mi amiga acercarse, y luego sentí cómo me rodeaba la cintura con cariño, abrazándome por la espalda. El pelo de Brenda era rubio pajizo y liso. Terminaba un poco más abajo de los hombros, con un corte recto. Era más bajita que yo, pero tenía un cuerpo increíble. Espectacular. Y su rostro de niña ocultaba el coraje de su corazón.

Agaché la cabeza, pensativa.

–Escucha, sé que lo estás pasando mal, y que quizás tendría que haber cumplido mi promesa. Lo siento... Pero, oye, ya que estamos aquí, y ya que hemos hecho a David venir, ¿por qué no le das una oportunidad?

Resoplé, rendida.

–Volvamos, anda.

Brenda sonrió de oreja a oreja y me besó en la mejilla antes de salir por fin del baño. Sabía que estaba convencida de que cuando lo conociera sería solo cuestión de tiempo que olvidase a Pablo por completo. Lo veía en su expresión esperanzada. Pero también sabía que iba a llevarse una gran decepción.


David estaba sentado en el sillón que había frente a la ventana, hablando con Leo, ambos bastante emocionados por la conversación. Siempre me he preguntado de qué hablarán los chicos cuando no hay mujeres delante. Sinceramente, dudo que sean monotemáticos como dicen todas mis amigas. Es un tópico eso de que solo hablan de sexo, fútbol y tías buenas; yo nunca me lo he creído.

Cuando nos vieron llegar, David se acarició el pelo, castaño claro y largo solo en su justa medida, desde la nuca hacia arriba y me sonrió. Tengo que reconocer que ese gesto me encantó. Miré al suelo, algo nerviosa, notando que me sudaban las manos. ¿Y por qué esos nervios? Un chico guapo me había sonreído, nada más.

–¡Ya estamos aquí! – anunció Brenda sentándose junto a su chico y dándole un beso fugaz en los labios.

Yo me senté junto a David (era el único sitio disponible) y le dediqué una sonrisa tímida que él me correspondió amablemente.

–Os hemos esperado para pedir – dijo Leo buscando a Carlos, el camarero, con la mirada. Cuando lo encontró le hizo un gesto para que se acercara.

La decoración del bar era, en mi opinión, inmejorable. Lo habían reformado hacía poco, y he de reconocer que echaba un poco de menos su antigua apariencia, algo más desenfadada. Pero prefería el nuevo bar. Habían mantenido los precios y no era el típico pub en el que te es imposible hablar por el volumen de la música y, menos mal, habían prescindido de luces fluorescentes. En vez de eso, una iluminación cálida envolvía la estancia. Era acogedor, familiar. Me sentía en casa.

–¿Qué vais a tomar? – preguntó Carlos después de chocarle la mano a Leo. Era un gesto propio de ellos, aunque no recuerdo cuándo surgió esa costumbre.

–Tinto con limón – fue toda una sorpresa que David y yo pidiéramos lo mismo al mismo tiempo.

–¡Vaya! Qué casualidad que queráis lo mismo. ¿Verdad, cariño? – los labios de Brenda formaron una sonrisa pícara al decir esto, mientras dirigía una mirada cómplice a su chico. Él asintió de inmediato, a pesar de que había estado un poco despistado y, creo yo, no se había enterado muy bien de lo sucedido.

Le di una patada a mi amiga por debajo de la mesa y le hice un gesto para que no siguiera por ese camino. Aunque hubiese tenido algún interés por David (que no era el caso), siendo tan descarada no iba a llegar a ninguna parte. No sé exactamente qué era lo que pretendía, pero Brenda ignoró mi advertencia por completo después de una casi inadvertible mueca de dolor y volvió al ataque tras marcharse el camarero, cuando ya habíamos pedido todos.

–David – dijo estirando el brazo hacia el otro lado de la mesa para llamar la atención del muchacho –, a ti te gusta mucho Metallica, ¿no? O eso me ha dicho Leo.

–Sí, tiene canciones alucinantes.

–¡Anda! Pues Alma es una fan incondicional – no sé si “fan incondicional” describía mi situación respecto a Metallica. Era una gran admiradora y conocía casi todas sus canciones, nada más –. Tiene un póster en la pared de su habitación y todo.

Cuando David volvió hacia mí la mirada, me di cuenta de que él ya había descubierto el plan de Brenda. Y con razón. Desde luego, la chica no se molestaba en disimular ni lo más mínimo. ¡Qué vergüenza pasé! Le sonreí con timidez, pero él lo hizo más abiertamente.

–Buen gusto – me dijo.

–Le encanta... ¿Fade to black? ¿Se llamaba así, Alma? – Brenda no tenía freno.

–Sí, Fade to black es mi favorita... ¿Puedes venir un momento al baño? – Necesitaba ponerle fin a todo aquello, pero no quería hacerlo delante de los chicos. Como era de esperar, Brenda no puso mucho de su parte.

–¿Otra vez?

–Sí, otra vez.

Brenda se volvió hacia los chicos mientras caminábamos de nuevo hacia el baño y se encogió de hombros, y yo casi no esperé a que se cerrara la puerta para sermonearla.

–¿Qué diablos estás haciendo, Brenda?

–¿A qué te refieres? – preguntó ella desconcertada, o quizás fingiendo desconcierto.

–Lo sabes bien. No me interesa David. Acabo de romper con mi novio. ¡Rompimos ayer! ¡Ayer, Brenda! Y llevaba casi un año con él. ¿Crees que estoy para tonterías? ¿Qué pretendes? Explícamelo, porque no te entiendo.

–Yo solo...

Perdí la paciencia, exageré, y lo sé. Pagué con ella mi dolor, cuando solo intentaba ayudarme. Pero estaba mal, y todo aquello, que no era para tanto en realidad, a mí me hizo explotar por un momento.

–Tú solo piensas en ti misma. Quieres que me líe con David para poder salir en plan de parejitas, ¿verdad? Pero ni siquiera te has parado a pensar en cómo me siento yo.

–Eso no es verdad...

–Sí lo es. Es toda la verdad.

–Lo siento, Alma. De verdad que lo siento – vi las lágrimas acumularse en sus ojos, brillando como pequeños cristales –, pero solo quería ayudarte a seguir adelante. Sé que piensas que estar con otro chico no es la solución. Quizás tengas razón. No digo que empecéis a salir ya... Solo te pido que lo conozcas. Y te darás cuenta de que a lo mejor merece la pena. No estaba pensando en mí... Mi única intención es que te sientas bien, que seas feliz – suspiró –. Tú siempre haces cosas por mí y yo nunca tengo la oportunidad... Lo siento si me he equivocado. Dejaré de entrometerme. Es asunto tuyo. Tienes derecho a hacer las cosas a tu manera – me miró con arrepentimiento –. ¿Me perdonas?

–Claro que te perdono, tonta – la acogí en mis brazos con fuerza –. Si es que... no sé qué voy a hacer contigo. Pero tampoco sabría qué hacer sin ti. Y ahora hagamos que esta noche merezca la pena. Pero de verdad te digo que no va a pasar nada entre David y yo.

–Bueno, tiempo al tiempo – me sacó la lengua.

Regresamos a la mesa y Brenda no volvió a intentar hacer el papel de Celestina. Después de todo, la noche resultó ser una de las mejores que había vivido hasta entonces, y tengo que reconocer que David sí que era un chico muy peculiar e interesante. A la una de la mañana llegó el momento de la despedida: tenía que estar de vuelta en casa antes de la una y media.

–Bueno, nosotros nos vamos por aquí – dijo Leo señalando en dirección opuesta al camino que tenía que seguir yo para llegar a casa –. Creo que nos quedaremos un rato en el parque. ¿Quieres venir, David? Lo siento, Alma – me miró encogiéndose de hombros –, pero nosotros sí que sabemos sacar partido a un viernes por la noche – y terminó con una risa burlona.

Yo le saqué la lengua.

–Qué va – respondió David estirando los brazos –. Os dejo solos. Estoy algo cansado, así que prefiero volver ya a casa.

–Como veas. Nosotros nos vamos ya. ¡Nos vemos!

Cuando estuvimos solos, David se volvió hacia mí y me sonrió con una timidez que no había mostrado en toda la noche. Me pregunté qué dirección tomaría él.

–¿Quieres que te acompañe a casa?

–No te preocupes, no hace falta – sonreí educadamente. ¿Acompañarme a casa? Es cierto que no me gustaba volver sola pasadas las doce, pero...

–No me importa en absoluto – insistió –. La verdad es que me apetece pasear un poco más.

–¿No estabas tan cansado?

Él rió, rompiendo el silencio de la calle.

–No quería quedarme a solas con la parejita, ya sabes.

–Bueno, tú mismo... Pero no está nada cerca de aquí, te lo advierto. Hay mucho que andar.

–Creo que podré soportarlo.

Comenzamos a caminar por la acera, despacio. Una brisa agradable acariciaba mis brazos y me revolvía el pelo. Lo miré de reojo, y me percaté de que tenía la vista clavada en el suelo. ¡Pero si estaba cortado y todo! Resultaba algo enternecedor. Pasaban algunos coches por la carretera, y las terrazas de los bares estaban llenas de gente. Sin duda las noches de verano son mágicas. Desde pequeña me ha encantado ese ambiente alegre que se respira cuando el calor del día desaparece.

–Te han tendido una trampa, ¿eh? – dijo él riendo. Una risa amable y reconfortante.

–¿Cómo? – Sabía perfectamente de qué hablaba, pero preferí hacerme la tonta.

–Parece que Brenda tiene muchas ganas de que pase algo entre nosotros.

Noté una ola de calor subir hasta mi rostro.

–Está loca.

–¿Está loca? – exclamó abriendo mucho los ojos, sin dejar de pasear.

¿Lo había ofendido? Me avergoncé, sabiendo que no había encontrado las palabras adecuadas, así que intenté arreglarlo. Pero estaba tan nerviosa...

–Quiero decir que no está bien forzar así las cosas, ¿no? No pienso que esté loca por la idea de que tú y yo... Bueno, creo que no sería una locura, solo que...

¡Por qué no me callaría!

–Entonces piensas que sería normal que nos liáramos esta noche.

–¿Normal? – ¡Qué rápido me latía el corazón, y qué despacio funcionaba mi mente! No encontraba la forma de salir de aquella situación. ¿Qué se suponía que debía decir? ¡Si es que me meto en unas! –. No nos conocemos mucho, y yo...

–Tranquila, solo te estaba tomando el pelo.

Reí nerviosa, y al mismo tiempo aliviada. De haber tenido más confianza con él, seguramente le habría dado un buen empujón, pero no era el caso. Durante unos segundos permanecimos sin decir nada, y mil ideas pasaron por mi cabeza, atropellándose unas a otras, amontonándose, hasta que llegó un momento en que no era capaz de pensar con claridad. ¿Por qué estaba tan nerviosa? ¿Por qué? Si aquel chico no me gustaba.

–¿Y qué estás estudiando? – pregunté para acabar con aquel silencio que temía le estuviera haciendo sentir incómodo, aunque a mí no me importaba en absoluto.

–Ingeniería.

No está mal, pensé.

–¿Qué tipo de ingeniería?

–Industrial.

–He oído que es difícil.

–Tiene lo suyo – rió –. ¿Y tú?

–He terminado Bachiller este año.

–¿Y qué tienes pensado hacer?

–Arquitectura.

–Mi hermano está estudiando arquitectura – dijo dedicándome una sonrisa que, para qué negarlo, derretía a cualquiera. Aunque a mí no tanto, me dije.

–¿Y cómo le va? ¿Le está gustando?

–Le apasiona.

–Me alegra oír eso.

Íbamos a cruzar a la otra acera cuando se puso el semáforo en rojo – ley de Murphy – así que nos detuvimos a esperar a que cambiara de color. A lo lejos se veía un pequeño parque, y se podía escuchar el sonido de la fuente. Siempre que iba de regreso a casa pasaba por allí.

–¿Sabes? Voy a ir con unos amigos a un concierto de Metallica dentro de poco. Compramos las entradas hace tiempo y ahora uno de ellos no puede ir por trabajo. Cuando Brenda mencionó que te gustaba... bueno, pensé que a lo mejor querrías venir – hizo una pausa breve, y justo entonces el semáforo se puso verde. Sin embargo, los dos permanecimos donde estábamos. Al ver que yo no decía nada, David me preguntó directamente –: ¿querrías venir con nosotros?

–Bueno, siempre he querido ir a un concierto de Metallica – comencé a caminar antes de que el semáforo se pusiera rojo de nuevo, y él me siguió –, pero me da un poco de vergüenza. No conozco a tus amigos, y a lo mejor no quieren que vaya.

David se echó a reír.

–Te aseguro que querrán.

No supe cómo interpretar aquello, pero fue todo un alivio. ¡Claro que me apetecía ir a un concierto de Metallica!

–Me lo pensaré. ¿O no tengo tiempo para pensarlo?

–Claro, pero tampoco esperes demasiado. Y por mis amigos no te preocupes, de verdad, que son buena gente. Mira, hacemos una cosa: cuando te decidas me escribes un privado a Tuenti, ¿vale?

–Pero no tengo tu Tuenti.

–Eso lo solucionamos en un momento.

9 comentarios:

  1. jum jum, interesante, interesante ^^ pinta muy bien ;)

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  2. estaba bastante bien... te sigo haber como acaba la cosa jajaaj
    yo también escribo...aunque bastante diferente....si te interesa estos son mis blogs http://lucesenlatormenta.blogspot.com.es/ y http://mafialadamablanca.blogspot.com.es/
    un beso :)

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  3. Ohhhh me encanta, como todo lo que he leído de ti

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  4. Me gusto el capitulo, es muy interesante^^ Me has encganchado la verdad, espero que me avises cuando subas :)
    Un beso, te espero en mi blog ^^

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  5. Me encanta, cielo :)
    Espero que subas pronto, quiero saber como sigue ^.^

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  6. ME ENCANTAAAAA!!!
    Lo he leído de un tirón y lo único que pensaba era: ¡qué no se acabe!
    Voy a por el siguiente! :)
    Un besito y ÁNIMO!

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  7. Genial, me ha encantado espero leer el próximo capitulo prontoo ^^

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  8. me he de oir bien ignorante pero que es un tuenti? Lol- algo asi como twitter? o el telefono del celular?

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