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jueves, 5 de julio de 2012

Capítulo 3

¿Qué... qué estás diciendo? Eso no puede ser. Él no es...

–Los vi ayer, cuando volvíamos.

Respiré hondo, mil sentimientos deshaciéndome por dentro. Odio, amor, celos, desesperanza... Las lágrimas vencieron deslizándose por mis mejillas.

–¿Lo sabe Brenda? – pregunté después de un minuto sin decir nada, solo llorando. Él, impotente, me miraba consciente de que aquello era inevitable en ese momento. Sabía que preferiría no haber sido él quien me diera la noticia. De estas cosas solía ocuparse Brenda.

–No. Ella se paró un momento a beber agua en una fuente, y justo en ese momento los vi pasar por la otra acera, cogidos de la mano y...

–No quiero saber más – le detuve, incapaz de soportar esa imagen.

–Lo siento. Quería que tú fueras la primera en saberlo, por eso no le dije nada a Brenda. Además, ya sabes cómo es, y posiblemente...

–Lo habría matado – terminé, sonriendo con tristeza –. Habría corrido hacia él y lo habría matado.

Él asintió. Noté que estaba preocupado por mí.

–Gracias, Leo.

Era sincera.

–No se merece que llores por él. Y mucho menos que lo hayas amado tanto tiempo, que lo ames ahora.

–Todo esto... es demasiado para mí. Creo que... que debería quedarme en casa con mi hermano.

–No, Alma. Tienes que seguir adelante.

–Y lo haré. Pero para eso necesito estar a solas con mis pensamientos un tiempo, llorar. Ya sabes.

–Tienes todas tus cosas en casa de Brenda.

–Es cierto – me lamenté.

–Bueno, si quieres te las puedo llevar cuando vuelva a mi casa esta noche. Si necesitas tiempo a solas contigo misma... en fin, no seré yo quien te lo impida. Pero ya sabes que cualquier cosa que necesites... estamos aquí para ti.

–¿Es peligroso abrazar a alguien mientras conduce? – sonreí, conmovida.

Con una mano todavía al volante, se inclinó hacia mí y nos dimos un abrazo corto y bastante torpe. Poco después aparcó delante de mi casa y me bajé del coche. Él decidió entrar un momento a saludar a Gabriel, así que caminamos juntos hacia la puerta. Cuando abrí y apareció mi hermano con ese rostro ilusionado, una sonrisa de oreja a oreja, con el bañador puesto y la toalla de Spiderman en la mano, preparado para ir a darse un buen baño, me di cuenta de que quizás no necesitaba tanto estar sola. Sonreí mirando a Leo.

–Hala, ¡vámonos! – exclamé, secándome los restos de lágrimas.


Mientras me ponía la crema solar por tercera vez aquel día, observaba a Gabriel jugando con Leo y David en la piscina. Se lo estaban pasando en grande. No pude evitar sonreír.

Hacía un rato había recibido una llamada de mis padres explicando lo que había sucedido: tuvieron que marcharse a toda prisa al hospital porque mi padre había topado sin darse cuenta, en el patio, con un pequeño panal de avispas y, como consecuencia, ahora tenía varias picaduras en la cara y los brazos. Pero me habían informado de que ya estaba todo solucionado, que él estaba bien y que iban de camino a casa. Yo les conté que me había llevado a Gabi a casa de Brenda con unos amigos y que pasaríamos allí el día, y no tuvieron ningún inconveniente siempre que tuviéramos cuidado, “y os pongáis protector solar”, había insistido mucho mi madre.

Brenda estaba a mi lado, abrazándose las rodillas sobre la toalla.

–¿Nos bañamos un rato antes de comer? – me preguntó deslizando sus gafas de sol hacia abajo.

–Sí, pero espera un poco a que se absorba la crema.

–Esos tres están disfrutando, ¿eh?

Asentí sin borrar la sonrisa de mis labios. Me gustaba ver a mi hermano tan contento. Era un niño alegre, pero los veranos solían ser aburridos para él. Las dos presenciamos cómo David se dejó hacer cuando Gabriel quiso hundirlo en el agua apoyándose sobre sus hombros. Pataleó un poco, salió de nuevo a la superficie y gritó un ¡Te vas a enterar! para después nadar tras mi hermano, que se había dado prisa en escapar. Brenda y yo reímos divertidas.

–Bueno, creo que ya podemos ir – anuncié poniéndome en pie.

Ayudé a mi amiga a levantarse y caminamos despacio hasta llegar al borde de la piscina. Una vez allí, Brenda se lanzó al agua sin pensarlo, pero yo necesitaba algo más de tiempo.

–¡Venga, Al, está buenísima! – exclamó ella lanzándome agua con la manos.

Yo me aparté, ¡estaba muy fría!

–Espera, que esto requiere un proceso...

–Yo me ocupo – oí que le decía Leo a su novia. Luego salió hábilmente de la piscina y corrió hacia mí. Intenté huir, pero fue en vano y consiguió atraparme pronto. Me retorcí cuanto pude cuando me cogió en brazos para lanzarme –. A la de una...

–¡No, no! – gritaba yo agarrándome a él. Era escurridizo y estaba helado. ¡No había manera!

–A la de dos... – se reía con malicia –. A la de...

–¡Espera!

Era David. Había salido de la piscina y estaba junto a nosotros. Leo soltó una carcajada, y yo sentí un enorme alivio, mientras mi corazón latía a toda potencia.

–¡Sí, espera! – exclamé, acalorada.

–¿No ves que no quiere? – continuó David.

Leo puso los ojos en blanco, pero cedió ante la petición de su amigo y me dejó en el suelo, temblorosa. ¡Odiaba tirarme de golpe al agua helada! Y cuando ya me creía a salvo, sentí que... ¡me volvían a coger en brazos! Esta vez era David, y él no se lo pensó dos veces.

–¡A la de tres! – gritó mientras se lanzaba conmigo a la piscina.

Escuché las risas de Leo, Brenda y Gabriel (este último gritaba emocionado) distorsionadas al estar todavía bajo la superficie, y cuando asomé la cabeza, con un montón de olas golpeando mi cuerpo, le eché agua en la cara a David, y él rió satisfecho. Avancé hacia él para hacerle una ahogadilla (siempre se me habían dado bien), empujando sobre su hombro y su pecho, pero no lo conseguí: se estiró para agarrarme de los tobillos y tiró hacia arriba y, con un leve toquecito en la cabeza, estuve hundida en el agua. Pataleé para deshacerme de él y me liberó.

–Esto no quedará así – le advertí riendo.

–¿Ah, no? – he de reconocer que su tono burlón era bastante sexy.

–¡No! – Y volví a arrojarle agua a la cara.

Buceé hasta el otro lado de la piscina (sin asomarme ni una vez para coger aire, por cierto) y desde allí, agarrada al borde, le saqué la lengua. No volvió a incordiarme durante un buen rato, porque tanto él como Leo siguieron entretenidos con mi hermano. Sin embargo, noté que me miraba con frecuencia. Brenda y yo nos sentamos con los pies dentro del agua a tomar un poco el sol, y cuando por fin decidimos que teníamos hambre, nos dimos cuenta de que eran casi las cuatro de la tarde.

–¡Leo, queremos comer! – avisó Brenda a su chico.

Leo siempre se encargaba de la comida en ocasiones como aquella, disfrutaba cocinando para los demás. Esta vez me ofrecí a ayudarle, y (con cara de estar haciéndome un favor) me encargó hacer la salsa para la carne. Así que, mientras él montaba la barbacoa a la sombra del porche, yo me llevé el mortero y algunos utensilios más a la mesa, junto a los ingredientes que él me había indicado (sin aceptar sugerencias) y me dispuse a hacer la salsa de almendras.

Vi que Brenda charlaba con David, tumbados en las toallas, mientras acariciaba el pelo de Gabriel, que tenía la cabeza apoyada sobre las piernas de la chica. Me di cuenta entonces, y fue una gran sorpresa, de que no había pensado apenas en el tema de Pablo. De haberme quedado en casa, seguramente en ese momento habría estado llorando desconsolada tirada en la cama y apretando la almohada contra las lágrimas.

–Te veo muy animada – observó Leo, cogiendo el paquete de carbón que había preparado junto a la barbacoa.

–Sí. Supongo que estar aquí con vosotros... la piscina y eso... me ha distraído bastante.

–Creo que eso no es lo único que te ha distraído.

–Bueno, hacer esta salsa es bastante...

–Lo es, ¿verdad? – me interrumpió emocionado, aunque no tardó en regresar al tema –. Pero no me refería a eso. Ya sabes... David.

Sonreí. No se iban a cansar nunca.

–Sí, David es majo.

–Vamos, Alma, llevas todo el rato pendiente de él.

Me ruboricé.

–He estado vigilando a mi hermano, eso es todo – mentí.

Sonrió con picardía.

–Ya, vigilando a tu hermano.


Fue una comida estupenda.

Mi hermano, agotado por tanta actividad, veía la televisión en el sofá de la salita. Posiblemente se habría quedado dormido. Leo y David charlaban dentro de la piscina, de espaldas contra la pared, el primero con los brazos apoyados en el borde. Su amigo, en cambio, estaba sumergido hasta el cuello, moviendo las piernas tranquilamente. No sospechaban nada. Me acerqué sigilosa con Brenda detrás de mí, aguantando la risa, y cuando estuve lo suficientemente cerca de David, hice un movimiento rápido: empujé sus hombros hacia abajo, y pronto estuvo pataleando bajo el agua. Me salpicó un poco pero, sin duda, había merecido la pena.

Empecé a reír con entusiasmo cuando sacó la cabeza y se dio la vuelta para buscar a su agresor.

–Te dije que no quedaría así – le recordé, con una sonrisa triunfante.

5 comentarios:

  1. O.O Mas!!!
    Jaja me encanta como escribes,estoy enganchada y solo es el tercer capitulooo! (Como ya me paso con With me) jajajaj

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  2. Tengo que echarte la bronca: ¡se me hacen muy cortos las capítulos! ¡Quiero más, más!
    Me ha encantado. Me gusta mucho tu estilo porque es muy fresco y hace que de inmediato te introduzcas en la lectura. Además, Alma es un personaje con el que, estoy segura, muchas nos sentimos identificada y la envidiamos enormemente por disponer de un Dios como David!!
    Deseando leer más!
    Muchos besos y ÁNIMO! :)

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  3. Me gusto el capitulo. Alma y David deben acabar juntos, si no con el tiempo se vera. Quiero el siguiente. Leo es un buen amigo. Y pablo un gilipollas muy grande que no la merece y que se pudra en el infierno para siempre

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  4. Queréis comentarios para subir más capítulos? Yo quiero más capítulos! Anda aquí lo malo es que cuando empece a leer with me ya estaban por lo menos unos 40 capítulos y los pude leer de corrido ahora tendré que esperar. D:

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  5. Y aquí esta el segundo comentario para que subas el 4 cap xD

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