Seguidores

domingo, 14 de julio de 2013

Capítulo 11

Me hizo sitio en la toalla y me senté a su lado. Volvió a colocarse en la misma postura que antes, con las piernas cruzadas, su rodilla rozando mi pierna. Suspiré, sin saber muy bien cómo empezar, y cuando estaba a punto de decir algo, él se me adelantó.
                –Sé que no vas a volver conmigo. Sé que has venido buscando una explicación y… – Hizo una pausa, agachó la mirada y continuó –. Gracias. Porque lo cierto es que necesito dártela.
                Asentí tímidamente. Estaba muy nerviosa.
                –¿Por qué me dejaste? – pregunté. Mi voz sonó suave.
                Empezó a jugar con el césped, cortándolo con las manos.
                –Ese día, el día que rompimos – “que rompiste”, le corregí en mi mente –, por la mañana, recibí un mail que decía que me habían concedido una beca para seguir estudiando música en el extranjero durante un año. Para irme a Estados Unidos.
                Lo miré sorprendida. Por un momento me alegré por él, pero inmediatamente llegó el enfado.
                –¿Por eso me dejaste? ¿Porque te vas un año a Estados Unidos? – exclamé, con cierta indignación. Él negó con la cabeza –. ¿Cuándo te vas?
                –No me voy – respondió, sonriendo con tristeza. Lanzó un puñado de césped que había acumulado en la mano y colocó los brazos hacia atrás, dejando caer su peso sobre ellos –. La rechacé.
                –¿Qué? ¿Por qué?
                Giró ligeramente la cabeza para mirarme y el corazón se me aceleró.
                –Porque quería estar contigo.
                No entendía nada de nada. Le habían concedido una beca para estudiar en el extranjero, la había rechazado para estar conmigo y luego me había dejado. Todo en el mismo día.
                –Tuve que pensármelo. Mucho. Sabes que siempre he querido irme a vivir un tiempo al extranjero. No me importaba si era a Estados Unidos, a algún país de Europa, Asia, Sudamérica… Y se me presentó esa oportunidad. Una gran oportunidad. Al principio me puse eufórico, pero poco después me di cuenta de que sería duro estar un año lejos de ti, y que posiblemente, si decidía irme, acabaríamos rompiendo por la distancia.
                –Eso no tenía por qué ser así – repliqué.
                –No, pero podía pasar. Había muchas posibilidades de que ocurriera. – Separé los labios para decir algo, pero él me detuvo haciéndome un gesto con la mano –. Déjame terminar. Pensando todo eso, finalmente decidí rechazarla, y durante toda la tarde no dejé de darle vueltas a lo que había hecho. Me asustó mi decisión. Me asustó muchísimo. Había dejado escapar una oportunidad única, que llevaba deseando mucho tiempo. Y todo por… Por amor. Me dije una y otra vez que a nuestra edad nada debería interponerse en nuestros proyectos, ni siquiera el amor. Me dije que no podía desechar todos mis planes por tener novia, que no debía querer desecharlos, porque no tengo edad para desechar planes, sino para hacerlos. Para hacer muchísimos planes y aprovechar cualquier oportunidad que se me presente de llevarlos a cabo. Tengo, tenemos edad de viajar, formarnos, vivir cambios, cuantos más mejor – suspiró –. Y yo me sentí atrapado, Alma. No por ti, porque sabía perfectamente que tú me habrías animado a aceptar la beca. Me sentí atrapado por lo que siento por ti. Sentí mucho miedo al saber que eso era más fuerte que todo lo demás.
                Se quedó en silencio unos segundos. Yo lo observaba con un nudo en la garganta, escuchando atentamente cada palabra, analizando con detenimiento cada gesto, cada expresión de su rostro.
                –Y, además – continuó –, sabía que si a ti se te presentaba una oportunidad como esa, te sentirías obligada a rechazarla solo porque yo lo había hecho antes por ti. Me has hablado tantas veces de que te gustaría irte a estudiar a otro país, de vivir unos años en Canadá cuando termines tus estudios… Yo no quería… quitarte eso. No quería que tuvieras que tomar la misma decisión que yo.
                Me llevé una mano a la frente, apoyando el codo sobre mi pierna, asimilando todo lo que acababa de contarme. Seguía sintiendo ese nudo en la garganta, y una fuerte presión en la sien, como la que se siente cuando está a punto de llegar el llanto. Pero no tenía ganas de llorar. Cuando alcé la vista vi que sus amigos se acercaban, y cuando me descubrieron allí, sentada junto a Pablo, se detuvieron un momento para después darse la vuelta y regresar a la piscina.
                De pronto me vinieron a la cabeza todos esos momentos en los que habíamos hablado de nuestros planes de futuro. Él me había contado cientos de veces que uno de sus sueños era viajar a otro país, con una mochila, algo de dinero y su guitarra, buscar un trabajo cualquiera y vivir durante unos años en un apartamento cutre, ganando lo suficiente para pagar el alquiler y la comida. Y al final siempre decía que no le importaba dónde, cualquier lugar podía ser bueno. Yo siempre me reía al escuchar aquello, porque me parecía un plan disparatado, algo que yo jamás habría podido hacer. Me sorprendió darme cuenta de que la mayoría de nuestros planes no incluían al otro, y que entonces ni siquiera habíamos pensado en ello.
                –Lo siento – susurró, y noté el dolor que había en sus palabras –. Siento haberte hecho daño.
                –¿Por qué no me lo explicaste entonces, Pablo?
                –No lo sé… Cuando te pusiste a llorar sentí que no podía soportarlo. Solo quería marcharme de allí, para no verte sufrir, y para que tú no me vieras llorar a mí.
                –Eso es de ser un cobarde, y un egoísta.
                –Lo sé – admitió.
                –Ojalá hubieras aceptado esa beca. Es que… – Respiré hondo –. Yo te habría esperado, ¿sabes? Aunque estuviéramos lejos, yo habría sido muy feliz sabiendo que estabas logrando uno de tus sueños. Además, por si no lo sabes, estamos en el siglo veintiuno y existe Skype.
                Se echó a reír.
                –Es cierto.
                Busqué a mis amigas con la mirada y vi que Brenda nos estaba observando. Sonreí.
                –Y si piensas eso, todo lo que me has contado… ¿Por qué después quisiste volver conmigo?
                –Porque al cabo de los días me di cuenta de que no solo había dejado pasar la oportunidad de irme a estudiar al extranjero, sino también la de estar contigo… Cometí un gran error, y ahora lo sé. Tenemos toda la vida por delante. Nos sobra tiempo para viajar, conocer lugares, vivir fuera. Si tú querías irte a Canadá, yo me habría ido a Canadá contigo. Pero de eso me di cuenta tarde.
                Nos quedamos en silencio durante unos minutos, pensando en todo lo que nos había pasado. Cada vez había más gente alrededor. Grupitos de adolescentes se colocaban bajo los árboles, cerca de nosotros, y la piscina para los más peques ya estaba llena de niños que chapoteaban y reían. Miré a Pablo, que ahora había flexionado las rodillas y dejado caer los brazos sobre ellas. Jugaba con las pulseras que envolvían su muñeca derecha. Me fijé en sus manos, que tantas veces me habían acariciado, en sus brazos morenos y fuertes, que tantas veces me habían acogido. En sus labios, que tantas veces me habían besado, que habían pronunciado tantos tequieros para mí. En sus ojos, que tantas veces me habían mirado con brillo y esperanza, y que ahora se perdían en la nada, apagados, arrepentidos.
                Me pregunté si seguía enamorada de él, y también por qué hacía falta que me preguntase aquello. Sabía que lo quería, pero algo había cambiado. Después sentí un enorme vacío, como si de repente todo estuviera perdido, y me incliné hacia él para abrazarlo. Él no tardó en envolver mi espalda con sus brazos y apretarme contra él, como tantas veces había hecho, solo que ahora era distinto.
                Al separarnos, como de forma automática, nuestras manos quedaron entrelazadas. Se la apreté antes de soltarla. La fuerza de la costumbre, me dije.
                –Estás muy guapa. – Sonrió mientras lo decía.
                Noté que me sonrojaba.
                –Siento… Siento lo que pasó en el concierto. Lo de la cerveza – me disculpé –. Estaba muy enfadada contigo. Supongo que lo entenderás.
                –¡Oh! – exclamó, y se echó a reír –. No pasa nada. Me parece que siempre te ha gustado eso de tirarme cerveza encima.
                Reí, recordando el día en que nos conocimos, en aquel bar. Pero entonces me acordé de David, de todo lo sucedido con él, y de pronto, como una patada en el estómago, me invadió un enorme sentimiento de culpabilidad. Tanto por David como por Pablo. Estuve a punto de contárselo todo, pero no lo hice. No pude. Quizás porque todavía seguía enfadada con él por haberme dejado. No tanto como hacía un rato, pero lo estaba. Fuera por la razón que fuera, había decidido romper conmigo, y eso no podía olvidarlo.
                –Ojalá nada de esto hubiera pasado – dijo, con la voz cargada de impotencia –. Ojalá nunca me hubieran concedido esa estúpida beca. Si solo fuera un enfado… Si simplemente estuvieras enfadada conmigo por todo lo que he hecho, tal vez podrías perdonar mi error y volver a empezar. Los dos juntos. Y ahora sé que me perdonarás, y empezarás de nuevo, pero no conmigo.
                Vi que apretaba los puños, mirando al frente.
                –Pablo…
                –Es por… por tu forma de mirarme. Antes era diferente.
                –Después de todo lo que ha pasado, ¿cómo esperas que te mire de la misma manera?
                –No me refiero a eso. Lo que quiero decir es que me he dado cuenta de que ya no estás enamorada de mí. Y eso… Eso no lo consigue una ruptura en pocas semanas. Y tampoco se recupera perdonando.
                Entonces me di cuenta de que estaba hablando de David, y sentí vértigo. Pero yo sabía que no estaba en lo cierto. Sabía que sí estaba enamorada de él. Quizás no de la misma forma que antes, pero si me hubieran preguntado qué sentía exactamente por él, habría respondido que lo amaba.
                –Te equivocas – contesté con firmeza. Me miró con sorpresa, como si estuviera conteniendo la respiración. Me levanté y él me imitó –. Voy a volver ya.
                Asintió rápido y con torpeza.
                –Claro. Pasadlo bien. Y dale recuerdos de mi parte a Brenda y Sandra.
                Los dos a la vez dirigimos la mirada hacia ellas, sentadas en las toallas, y las descubrimos observándonos. Rápidamente desviaron la atención hacia otra cosa, nerviosas. Pablo soltó una risilla.
                –Bueno… Nos veremos por aquí, supongo.
                –Sí.
                –Suerte, Pablo.
                –Suerte.
                Caminé despacio hacia donde estaban Brenda y Sandy, esperándome, y cuando ya casi había llegado miré hacia atrás. Pablo había cruzado los brazos sobre las rodillas y cobijado allí la cabeza. Vi que sus amigos ya se acercaban, y seguí mi camino.
                –¿Qué ha pasado? – me preguntó Brenda antes de que me diera tiempo a sentarme.
                Me acomodé en mi toalla, todavía asimilando lo ocurrido hacía unos minutos, y luego miré a Sandy. Aunque habíamos sido amigas durante muchos años y tenía bastante confianza con ella, decidí que le contaría mi conversación con Pablo solo a Brenda, así que tendría que esperar a estar a solas con ella.
                –Me ha explicado por qué rompió conmigo – respondí. No daría más información por ahora. Me miraron con gesto interrogante, esperando a que diera más detalles –. No tengo muchas ganas de hablar de ello, la verdad. Hemos venido a pasarlo bien, ¿no? Pues dejemos el tema a un lado, por favor.
                Sandy se mordió el labio y Brenda me miró poco convencida,  pero luego asintió, sonriéndome, y se estiró para abrazarme. Después regresó a su sitio, agarró su mochila y sacó de ella una baraja de cartas bastante vieja.
                –He traído cartas – dijo, como si no las hubiésemos visto –. ¿Nos damos un baño y luego echamos unas partidas? Como en los viejos tiempos.
                Sonreí, recordando nuestros veranos en la piscina, las tres juntas, jugando a las cartas todo el día. Había veces que ni siquiera llegábamos a bañarnos, y antes de que nos diéramos cuenta ya había llegado la hora del cierre. Brenda solía ganar en todos los juegos, excepto en el Mentiroso, que se le daba fatal. Pero no era una mala perdedora, disfrutaba mucho de todas formas.
                Tras casi una hora en la piscina, dedicamos un rato a tomar el sol para secarnos antes de jugar a las cartas, y después de tres partidas a La Escoba (en las que Brenda resultó ser ganadora, por supuesto), nos fuimos al bar a comer. Allí, cuando Sandy se levantó un momento para ir al baño, Brenda echó un vistazo hacia atrás para asegurarse de que ya no podía oírnos y me miró con urgencia.
                –¿Me lo cuentas? – me dijo, sin más.
                Suspiré. Me sentí mal por Sandra, como si la estuviera traicionando, pero después de unos segundos de duda, le hice un breve resumen a Brenda de mi conversación con Pablo.
                –¿Estás pensando en volver con él? – preguntó, con voz suave.
                –No – respondí de inmediato. Esa rapidez le hizo sospechar.
                –Pues quizás deberías, Alma. Creo que te dejó pensando que te estaba haciendo un favor a ti, y luego se dio cuenta de que estaba equivocado. ¡Todos cometemos errores! Pero no ha dejado de quererte, y me parece que eso ya lo sabes. – Hablaba atropelladamente, aprovechando nuestro momento a solas.
                Asentí. Sandra ya había salido del baño y se acercaba a la mesa. Nos sonreímos mutuamente cuando se encontraron nuestras miradas. Luego me dirigí a Brenda.
                –No puedo hacerlo – sentencié.
                Sus labios habían adoptado la forma de una línea recta y sus ojos se estrecharon ligeramente. Era su expresión “felina” (así la llamaba yo), que indicaba que acababa de descubrir lo que quiera que estuviera pensando la otra persona. Cuando Sandy se sentó, Brenda se recogió el pelo con las manos, como para hacerse una coleta, y luego lo volvió a soltar. También era un gesto propio de ella. Lo hacía cuando estaba inquieta. Deseé haber tenido unos minutos más para hablar.
                En ese momento vi a Leo entrar por la puerta del bar, de espaldas a Brenda. Me miró sonriendo y se llevó un dedo a los labios, pidiéndome que hiciera como si no lo hubiese visto. Me mordí el labio, sabiendo que de lo contrario no habría podido evitar reír, y clavé la mirada en mi plato vacío. Leo se acercó sigilosamente a Brenda y le tapó los ojos con las manos. Ella sonrió, casi sin inmutarse.
                –¡Leo! Siempre igual.
                Mientras se besaban levanté la mirada hacia la puerta, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón. Me pregunté si David habría cambiado de idea o si le habría surgido algo, pero entonces lo vi entrar, y detrás de él a Álvaro. Me sorprendió verlo allí, pero más todavía descubrir que se había cortado el pelo. Aunque ya no se parecía tanto a Kurt Cobain, estaba guapísimo.
                –Hola – me saludó David, y se sentó a mi izquierda. Álvaro me revolvió el pelo antes de tomar asiento a mi derecha –. ¿Qué tal?
                –Bien – respondí. Por alguna razón, empecé a sentirme incómoda, desprotegida, y regresó el sentimiento de culpabilidad que me había invadido hablando con Pablo.
                Leo también se unió a nosotros, robando una silla de la mesa contigua y colocándola junto a su novia. Aunque Sandra y yo habíamos terminado de comer, en el plato de Brenda todavía quedaba la mitad de la comida. Nunca había conocido a nadie que comiera tan despacio, así que esperamos a que terminase.
                –Menudo cambio – le dije a Álvaro, observando su nuevo corte de pelo.
                Se pasó la mano por la cabeza.
                –Me siento rarísimo, pero es más cómodo para el verano.
                –Te queda bien.
                Nos sonreímos.
                Después de veinte minutos, el plato de Brenda al fin quedó vacío, pagamos la cuenta y regresamos a nuestras toallas, esta vez acompañadas por los tres chicos. Mientras bajábamos por la rampa, David me cogió del brazo suavemente y dejamos que los demás nos adelantaran.
                –¿Estás bien? – me preguntó –. Te noto rara. Y como anoche te fuiste así, tan de repente…
                –Sí… Bueno, es solo que estoy un poco confusa.
                Me armé de valor y lo miré a los ojos. Mi corazón comenzó a latir más deprisa recordando nuestro beso, la suavidad de sus labios, nuestro momento con la guitarra…
                –No quiero presionarte. Sé que lo de ayer… En fin, no me arrepiento, por supuesto, pero entiendo que puedas necesitar más tiempo. Y me parece que ahora te sientes un poco incómoda conmigo. Prometo… estarme quietecito, – rio, pasando su mano desde la nuca al flequillo como solía hacer –, hasta que deshagas ese lío que creo que tienes en la cabeza. Sea como sea, espero que no te sientas culpable por mí, porque no has hecho nada malo. Y bueno, no hablaremos más de esto hasta que tú no quieras hacerlo. Solo… solo quería decirte eso.
                Volví a mirarlo. El sol le daba en los ojos, así que los tenía ligeramente entrecerrados, y llevaba una camiseta negra de manga corta que le cubría parte del bañador. En ese momento pensé que nunca dejaría de sorprenderme lo guapo que era.
                –Gracias, David – le dije con cierta timidez.
                Durante un instante olvidé a Pablo, la ruptura, las lágrimas, nuestra conversación hacía un rato, y deseé agarrar la mano de David, entrelazar mis dedos con los suyos y caminar a su lado sin preocuparme por nada más. Deseé lanzarme a sus brazos y dejar que los suyos me envolvieran para protegerme de la tristeza y de los malos momentos. Deseé sentir sus labios sobre los míos.
                Pero nada de eso ocurrió.

                Un par de horas más tarde acabábamos de salir de la piscina. Me sentía bastante más animada gracias a la “batalla de ahogadillas” entre Leo y yo. Leo siempre conseguía hacerme sentir mejor cuando me encontraba apagada, y ni siquiera hacía falta hablar. Era de esas personas que tienen una especie de energía positiva que consiguen transmitirte hagan lo que hagan.
                Volvimos a nuestro sitio bajo los árboles, empapados de agua y con los dedos de las manos arrugados por haber pasado tanto tiempo dentro de la piscina. Me dejé caer sobre mi toalla, exhausta.
                –Bueno, ¿jugamos a las cartas? – sugirió Brenda, animada.
                Nadie respondió directamente. A cambio de su propuesta solo recibió expresiones desganadas y algún que otro resoplido, y eso pareció decepcionarla bastante. Volvió a meter la baraja en la mochila con cara de desilusión y se cruzó de brazos. Leo le pasó el brazo por detrás para agarrarla del hombro y atraerla hacia él, y le dio un beso en la frente.
                –Yo tengo otra idea – dijo después, mientras ella se deshacía de su abrazo, enfurruñada –. Se me ha ocurrido un juego. Tenemos que decir situaciones que se dan con frecuencia en el cine, pero que jamás podrían ocurrir en la vida real.
                A Álvaro pareció entusiasmarle la idea. Recordé que David me había dicho que era un amante del cine.
                –Eso ni siquiera es un juego – rechistó Brenda. Se puso las gafas de sol y se tumbó en la toalla.
                –Bueno, parece que Brenda no juega – continuó Leo, ignorando el enfado de su novia –. ¿Quién se apunta?
                –Yo me apunto – dijo Álvaro.
                –Bien, ¿quién más?
                Finalmente decidimos jugar todos excepto Brenda (que ya se había colocado los auriculares y movía los pies al ritmo de la música, haciéndonos ver lo poco que le interesaba nuestro juego) y Sandy, que prefirió ser mera espectadora.
                –Bueno, empiezo yo – indicó Leo. Se aclaró la garganta –. El clásico. Un tipo se sube a un taxi y le dice al conductor, siempre con mucha urgencia: “¡siga a ese coche!”, y el taxista obedece sin extrañarse siquiera, como si fuera lo más normal del mundo.
                Reímos. Era el turno de Álvaro.
                –Dos personas se apuntan mutuamente con un arma, y en ese momento uno de ellos se pone a dar un discurso de lo más profundo y con toda la tranquilidad del mundo, mientras se siguen apuntando el uno al otro.
                Me di cuenta de que Brenda se había quitado un auricular y nos escuchaba disimuladamente. Sonreí al comprobar que ella también soltó una risilla cuando Álvaro terminó de hablar.
                –David – dijo Leo –. Te toca.
                David nos miró a todos sonriente y se detuvo en mí. Me sonrojé.
                –Una mujer – comenzó –, preciosa, por supuesto, sentada en la barra de un bar, con un vestido, una copa en la mano y las piernas cruzadas. Él la busca al otro lado, pero hay demasiada gente y no consigue verla. De pronto se apartan todos y la encuentra allí. Sus miradas se cruzan, ella le sonríe, levanta ligeramente la copa y él va a su encuentro.
                –Eso sí que podría pasar – repliqué yo, sonriendo.
                –¿Hablas en serio? ¿Crees que por arte de magia todo el mundo decidiría apartarse a la vez?
                Me eché a reír.
                –Te digo que podría pasar – insistí.
                –Muy bien, experta. Te toca a ti. A ver qué se te ocurre.
                –De acuerdo – empecé. Me detuve unos segundos para pensar –. El amor verdadero. Amor eterno, indestructible. Aparece en todas las comedias románticas pero no es más que pura ficción. El amor así no existe – sentencié.
                –Sí que existe – me contradijo David, supuse que como venganza.
                –Estoy de acuerdo con él – afirmó Leo, inclinándose para besar a Brenda. Ella apartó la cara, fingiendo que seguía enfadada.
                –Yo también – se unió Sandy, encogiéndose de hombros.
                –Pues yo no creo en el amor verdadero. Es una gran estafa – señaló Álvaro, dedicándome una mirada cómplice.
                –Pienso lo mismo que él – intervino Brenda, aunque sabía que era simplemente para molestar a Leo, y que en realidad estaba de acuerdo con David. Ella siempre había creído en el amor que aparece en las películas románticas.
                Durante un buen rato más seguimos jugando, y Brenda terminó por animarse y unirse a nosotros. Fue una tarde divertida, repleta de risas y bromas, y me di cuenta de que se me había pasado volando cuando llegó la hora del cierre, a las ocho. Recogimos todas las cosas y nos dirigimos hacia la rampa. Álvaro se acercó a mí y se inclinó para decirme algo en voz baja.
                –¿De verdad no crees en el amor?
                En ese momento Pablo pasó con sus amigos por delante de nosotros. Cuando me vio me dedicó una sonrisa que yo correspondí.

                –Creo en el amor. Pero sé que es más frágil de lo que intentan hacernos ver en las películas.

5 comentarios:

  1. ¡Hola! Por fin has subido *____* Aw, estaba de los nervios por saber qué iba a pasar. ¡Qué tonto es Pablo! Ya se podría haber ido, jo. David es un amor *_* Espero que acabe pasando algo más con él, juju :33
    ¡Espero el siguiente! Y espero que pueda ser pronto ^^
    Un besazo <3

    ResponderEliminar
  2. Me ha encantado el capitulo que sorprendentemente es tan largo pero tan genial :) y al parecer la pagina deja de temblar en cuanto pongo un comentario, Saludos :D

    ResponderEliminar
  3. No me lo puedo creer, yo siendo Alma le hubiese dado una bofetada a Pablo por la tontería que hizo. Pero me da mucha penita...
    Y David es un amor, me lo como *-* Oins, oins, oins.

    Gracias una vez más por el capi, no tardes mucho en subir el siguiente porfi, que estoy (y estamos) deseando leerlo.
    Un besito :)

    ResponderEliminar
  4. Dios, me encanta, es genial, me he puesto hoy, y me los he leído todos, escribes genial y la historia está muy bien.
    En un principio tenía claro lo que iba a pasar, se iba a olvidar de Pablo, iba a salir con David, y todo eso, pero, sinceramente, Álvaro tiene un puntillo, sigo sin cambiarlo por David(ESO NUNCA.) Pero lo tiene.
    Estoy deseando que subas el siguiente.
    Un beso :)

    ResponderEliminar