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miércoles, 17 de julio de 2013

Capítulo 12

Aquella noche me quedé en casa. Me apetecía pasar unas horas en la tranquilidad de mi habitación, perdiéndome en las páginas de un libro o escuchando música tumbada en la cama. Además, tenía muchas cosas en las que pensar.
                Encendí el flexo que tenía junto a la cama y me acerqué a la ventana para asomarme. Cuando retiré la cortina entró un airecito fresco y dulce. Cerré los ojos unos segundos antes de contemplar la calle bañada por la luz cálida de las farolas y el brillo plateado de la luna.
                Fui hacia la estantería para buscar un libro que leer. Esta vez necesitaba algo más elaborado y profundo que las refrescantes novelas de Blue Jeans. Cuando mi mirada alcanzó La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, paré de buscar y agarré el libro con cuidado. Lo observé uno momento y acaricié el lomo como si se tratara de un libro de mucha antigüedad que pudiera romperse en pedazos en cualquier momento. Sonreí, recordando el día en que Pablo me lo regaló, y decidí que había llegado el momento de leerlo, así que me recosté en la cama, colocando varios cojines bajo mi cabeza y mi espalda, y abrí el libro por la primera página. Cuando me dispuse a empezar, una foto se deslizó entre el papel y cayó sobre mi regazo.
                La fotografía nos mostraba a mí y a Pablo juntos, él besándome en la mejilla y yo sonriendo. Su brazo me rodeaba el cuello, apoyado sobre mi hombro, y yo le agarraba la mano. Teníamos el pelo mojado y detrás de nosotros se adivinaba el reflejo de la luz de las farolas en el agua de lluvia que cubría la carretera. Me mordí el labio sin dejar de mirar aquella imagen, y luego dejé que mi memoria me arrastrara a la noche en que la cámara dejó guardado ese instante para siempre.
               
Algunos meses antes

                –¿Podemos pedir ya? – preguntó con urgencia, dando golpecitos en la mesa con los dedos, impaciente –. Me estoy muriendo de hambre y llevas diez minutos mirando la carta.
                –Todavía no me he decidido – respondí yo, sin levantar la vista. Resopló, desesperado, y dio un sorbo a su CocaCola. Después de unos segundos cerré la carta y lo miré –. Creo que una ensalada César.
                –Es que además – continuó, indignado – siempre haces lo mismo. Miras mil veces la carta y al final pides una ensalada César.
                –Eso no es verdad – repliqué, mientras él le hacía una señal al camarero para que se acercase –. No siempre pido eso.
                –¿Ah, no? Nunca te he visto pedir otra cosa. Dime un solo ejemplo y podré darte la razón.
                –Tú lo tienes más fácil porque no tienes tanto donde elegir – argumenté, dejando la carta cerrada a un lado. Pablo era vegetariano, y eso lo dejaba sin muchos recursos a la hora de comer fuera de casa.
                Llegó el camarero e hicimos una pausa para pedir. Cuando se marchó retomamos la discusión.
                –No cambies de tema. Dime una sola vez que no hayas pedido una ensalada César y te dejo en paz – repitió.
                No me hizo falta pensar mucho.
                –El fin de semana anterior. Pizza de atún – dije con tranquilidad. Le dediqué una mirada de satisfacción.
                Él se echó a reír.
                –Estábamos en una pizzería. Eso no cuenta.
                –Claro que cuenta.
                Sin decir nada más, se inclinó sobre la mesa y me besó. Fue un beso breve y tierno. Durante unos segundos el tiempo pareció detenerse, y sentí que no existía nada ni nadie en el mundo más que nosotros dos. Cuando separamos los labios me acarició la mejilla con dulzura.
                –Siempre pides ensalada César. Te conozco bien.
                –¿Eso crees?
                –Claro. Te conozco muy bien.
                –Solo llevamos tres meses saliendo. No te ha dado tiempo a conocerme bien. Todavía hay muchas cosas que no sabes de mí.
                –Tal vez – admitió, sonriente –. Pero también hay muchas que sí sé.
                –Dime una – le pedí. Él me cogió la mano y entrelazó sus dedos con los míos.
                –Odias la telebasura.
                Puse los ojos en blanco.
                –Dime una menos obvia.
                –De acuerdo – asintió –. Te gusta la mala literatura, pero también la buena. Y lo mismo te ocurre con el cine y la música. Y también con las personas. Eso demuestra que estás abierta a dar oportunidades a todo, sin prejuicios y sin temor a decepcionarte o perder el tiempo. Sabes que todo, tenga mayor o menor elaboración y calidad, puede aportarte cosas. No te gusta juzgar, y solo lo haces cuando hay una muy buena razón para hacerlo. Antes de juzgar, intentas entender. Eres impaciente, pero sueles hacer esperar. Te gustan las preguntas sin respuesta, y eres de las que empieza a hacer mil cosas y al final no las termina. Te gusta el olor a lluvia, el aroma del café y las tostadas cuando acabas de despertarte y… – soltó una risilla – la ensalada César.
                –Bah – dije fingiendo indiferencia, aunque en realidad estaba impresionada –. Ya te lo dije. No me conoces tan bien. Has olvidado lo más importante de todo, la cosa que más me gusta en el mundo.
                –¿Cuál es?
                –Tú.
                Sonrió y volvió a inclinarse sobre la mesa para unir sus labios con los míos. Esta vez fue un beso más profundo, pero también breve. Me quedé con ganas de más.
                –Te quiero – me dijo, y yo saboreé sus palabras mientras el camarero colocaba nuestros platos sobre la mesa.
                Cuando terminamos de cenar, decidimos dar un paseo hasta el parque del centro, pero había empezado a llover. Como no llevábamos paraguas, cruzamos la calle a toda prisa, intentando no mojarnos, y nos cobijamos en el soportal de una perfumería. Nos miramos y empezamos a reír. Llovía con tanta fuerza que teníamos el pelo y la ropa empapados, y escuchábamos nuestra respiración agitada por la carrera.
                –A ver qué hacemos ahora. Tendríamos que haber traído paraguas – señalé, retirando como pude el agua que resbalaba por mi rostro.
                –Estás para una foto – me dijo, sonriente –. ¡Vaya pintas!
                –¡Pues anda que tú! – contraataqué, dándole un pequeño empujoncito. Él se echó a reír y me tendió la mano.
                –Déjame tu móvil. Hace mejores fotos que el mío.
                –¿Quieres que nos hagamos una foto ahora?
                –Claro, ¿qué mejor momento?
                Sonreí y saqué mi móvil del bolso, pero no se lo di. Me acerqué a él y elevé el teléfono, enfocando nuestros rostros con él. La lluvia seguía cayendo detrás de nosotros. Me rodeó con el brazo y, justo antes de que hiciera la foto, me besó en la mejilla.
                –Será un buen recuerdo – dijo mientras observábamos el resultado.
                Me abrazó despacio, con una mano acariciándome la espalda y la otra el cabello. Me acurruqué en su hombro y cerré los ojos, deseando que el tiempo se detuviera en ese instante para poder permanecer en sus brazos para siempre. Olía a jabón y era tan cálido que solo me apetecía quedarme dormida abrazada a su cuerpo, sintiendo cómo se movía lentamente al respirar. Me sentía protegida, a salvo de cualquier daño, de cualquier mal. Sentía que aquel era mi sitio.
                Apoyó su mejilla sobre mi cabeza y me besó en el mismo sitio, sobre el pelo. Después deshicimos el abrazo y me dedicó una sonrisa.

                El sonido del móvil me transportó de nuevo al presente. Me levanté para cogerlo del escritorio y vi que era Leo el que llamaba.
                –Hola, Leo – saludé, regresando a la cama.
                –¿Qué hay, Alma? ¿Estás en casa?
                –Sí.
                –¿Tienes un rato? Quiero enseñarte algo. Te va a gustar.
                –¿Qué es? – me adelanté.
                –Ya lo verás. ¿Tienes un rato o no?
                –Sí.
                –Pues voy a tu casa. Estoy aquí al lado, así que no tardo nada. Ve saliendo a la puerta.
                –Vale. Ahora nos vemos.
                –¡Hasta ahora!
                Colgué un poco aturdida, preguntándome qué querría enseñarme. Miré la hora: las once menos cuarto. Dejé el móvil en la cama, salí de la habitación y me dirigí a la puerta. Cuando iba a abrirla escuché la voz de mi padre desde el salón.
                –¿A dónde vas?
                –A la puerta un momento. Va a venir Leo a enseñarme una cosa.
                –Ah, de acuerdo. Están poniendo una película interesante, de esas que te gustan a ti de asesinatos e investigaciones. ¿Te apetece que la veamos?
                Me conmovió su propuesta. Hacía tiempo que no veíamos la televisión juntos.
                –Claro. Vuelvo en un momento.
                –Bien.
                Salí de la casa y aproximadamente tres minutos más tarde vi aparecer el coche de Leo. Aparcó y salió del vehículo.
                –Ven – me pidió, sin más, sonriendo mientras se dirigía a la parte trasera del coche.
                Me acerqué y abrió el maletero. Al asomarme vi una caja grande de cartón con tres perritos en su interior. Tres cachorros gorditos, con un pelaje de color canela y todavía torpes, que se movían inquietos y lloraban, estrujándose unos encima de otros. Me llevé las manos a la boca y miré a Leo, que los contemplaba con ojos brillantes.
                –¿Te gustan?
                –Son preciosos. ¿De dónde los has sacado?
                –He ido a sacar la basura y me los he encontrado. No sé qué clase de persona ha podido abandonarlos. No podía dejarlos allí. Como sé cuánto te gustan los animales, quería enseñártelos.
                Me agaché para acariciar a los cachorritos.
                –¿Y qué vas a hacer con ellos?
                Leo se encogió de hombros, aunque su rostro había adoptado un gesto de preocupación.
                –Supongo que cuidar de ellos hasta que encuentre a alguien que quiera adoptarlos. A lo mejor me quedo con uno. Por mí me los quedaría a todos, pero no creo que a mi madre le parezca una buena idea. ¿Quieres uno?
                –Ojalá – suspiré –. Mis padres no son partidarios de tener mascotas. Además, ¿qué pasaría con él ahora que tengo que irme a estudiar fuera?
                Asintió y volvió a clavar la mirada en los cachorros, con ojos apenados. Después me miró a mí.
                –Bueno, ¿y cómo va tu noche?           
                –Una noche tranquila. He quedado con mi padre para ver la tele juntos – sonreí –. Creí que habías quedado con Brenda.
                –Sus padres han querido salir a cenar en familia, ya sabes. – Aunque había devuelto mi atención a los perritos, noté que me miraba fijamente –. ¿Estás bien, Alma?
                –Claro, ¿por qué no iba a estarlo?
                –No sé.
                Permanecimos en silencio un rato, hasta que me decidí a hablar.
                –No sé si te lo ha dicho Brenda. Esta mañana he hablado con Pablo, y me ha explicado por qué rompió conmigo.
                Se apoyó en el maletero y se cruzó de brazos.
                –¿Y qué es lo que te ha dicho?
                Suspiré y le conté todo, de principio a fin. Cuando terminé, su expresión se tornó pensativa, y esperó un poco antes de hablar.
                –¿Qué vas a hacer? – me preguntó.
                –Nada, creo. No puedo volver con él.
                –¿Por qué?
                –Porque me ha dejado. Simplemente.
                –¿Estás segura de que es solo por eso?
                Me quedé callada y me senté en el borde del maletero. Él no dejaba de mirarme, esperando a que acumulara el valor para reconocer el verdadero motivo por el que no me había planteado volver con Pablo. Respiré hondo y me lancé.
                –David y yo nos hemos besado dos veces. Ha pasado tan poco tiempo… y ya he besado a otro chico. Me siento culpable, como si le hubiese sido infiel o algo así. Os dije que era demasiado pronto para conocer a otra persona. Tendría que haber esperado, al menos, a saber por qué Pablo ya no quería estar conmigo.
                –Creo que hay algo más aparte de todo eso.
                –¿Ah, sí? – dije con ironía –. ¿Y qué es?
                –Que sientes algo por David.
                No respondí, porque estaba segura de que él sabría interpretar mi silencio con acierto y entendería que estaba de acuerdo con él.
                –Supongo que tiene que ser complicado – continuó –. Sentir algo así por dos personas al mismo tiempo. Pensarás que tomes la decisión que tomes estarás portándote mal con alguno de los dos. Pero la realidad es que no le debes nada a nadie. No soy el mejor dando consejos, pero creo que a veces lo mejor es pensar en uno mismo.
                –O no pensar tanto – sugerí, recordando las palabras de David. Leo me miró confuso, y yo sonreí. Después volví a agacharme para acariciar los cachorros –. Espero que les encuentres pronto un hogar.
                –Yo también.
                –Bueno – suspiré, incorporándome –, voy a irme ya. Mi padre me está esperando.
                –Vale.
                Cerró el maletero y yo me encaminé hacia la puerta, sacando las llaves del bolsillo. Miré hacia atrás para despedirme.
                –Supongo que nos veremos mañana.
                –Sí.
                Agité la mano, sonriéndole, y entré en casa. Me dirigí al salón y encontré a mi padre sentado en el sofá, viendo la tele.
                –Ya te has perdido la mitad – me advirtió mientras me sentaba a su lado. Escuchaba a mi madre hablando con mi hermano en la habitación del pequeño.
                –No importa – dije, reconociendo las escenas que aparecían en la pantalla –. Es Seven. La he visto muchas veces. Es muy buena.

                Y allí, junto a mi padre, pude olvidar durante un rato los cientos de sentimientos y dudas que se atropellaban en mi interior, para sumergirme rápidamente en la trama de aquella película que ya había visto tantas veces, y que aun así seguía disfrutando como la primera vez.

2 comentarios:

  1. Oinss, Pablo era super mono *-*
    Cachorritooooooooooooos, yo me hubiese quedado uno, segurísimo.
    Al principio cuando Leo le estaba dando el consejo he pensado que lo decía desde la propia experiencia...

    Muchísimas gracias por subir el capi, espero el próximo con impaciencia :D

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